28 ene. 2018

Adel Najjar, Un imán con más mano izquierda que Alejandro Talavante

27/01/2018 - www.elperiodicoextremadura.com - Fernando Valbuena

Fernando Valbuena

Yo de muy niño leía «El Guerrero del Antifaz». Reconozco que, ni entonces ni ahora, he leído ni a Voltaire ni a Rousseau. De Francia me quedo con los Renault, en concreto, el ocho y el doce. Y, por supuesto, Bocuse, que en paz descanse. Digo que, aún niño, y entre tebeos, me zampé a Unamuno. Notable ingesta de la que aún me alimento. «Vida de Don Quijote y Sancho» y el rendido culto a la vida como única maestra y al amor como bandera de combate. Le dice Apolodoro a su padre en «Amor y Pedagogía»: «¿Y por qué no hacer del amor mismo pedagogía, padre?». Toda emoción es una herida de amor. Sentimientos a la intemperie. Les engaño, y me engaño, cuando escribo esta columna sin una emoción que la sostenga. Resulta trivial. Está huera. Algo así como torear de salón, sin la verdad por delante.

Viene esto a cuento de Adel Najjar, imán de la mezquita de Badajoz. Un tío con más mano izquierda que Talavante. Un tío grande y derecho. No nos conocíamos y tuvo la gentileza de invitarme (a mí y a otros) a cenar en la mezquita por cuando la ruptura del ayuno del Ramadán. Me trataron, él y los que con él estaban, con tanta cordialidad que, estando rico el pollo, más rico me supo el recibimiento. Primera emoción.

Tan agradecido me sentí, tan rico estaba el pollo con aceitunas, que me vi obligado a invitar al imán a los toros. Torció el gesto. Segunda emoción. Alguno de ustedes pensará que lo de invitar a un imán a los toros no deja de ser una ocurrencia descarriada de toda lógica. ¿Qué tiene que ver un imán con el sacrosanto arte de Cúchares? Exactamente lo mismo que yo con las mezquitas. Si el amor todo lo puede, si yo no tuve inconveniente en ir a su mezquita, ¿por qué él se niega a aceptar mi invitación? Ahí quedó. Pensé, y pienso, que las manos izquierdas no suelen ir a los toros por aquello de que la libertad no es mucha y las conveniencias de la razón pueden más que las razones del corazón.

El miércoles, en Olivenza, se ofició misa funeral por la madre del presidente de la Junta. A reventar. Dentro y fuera del templo (que no a todos les cuadran las homilías). De natural mirón, me coloqué en el último banco para más ver que ser visto. Autoridades, civiles y militares, un perro que cada vez que le echaban volvía a entrar y gente, mucha gente. En esas estaba cuando reparé en él. Era Adel. Sentado unos bancos a mi derecha. Educado como siempre. Respetuoso como nunca. Me pareció sinceramente conmovido. Cuando llegó la hora de la cabezada le noté confundido. Me acerqué a él. Hablamos por un momento de madres y de orfandades, de lo huérfanos y desamparados que quedamos, a cualquier edad, cuando perdemos a la madre. Y pensé que su Dios y el mío pregonan el mismo amor. Le miré y me estremeció la tercera emoción del cuento. Y recordé a Osmín Kir.

Osmín era el mayor de los Kir. Soleiman, Shantal y Osmín. El Guerrero del Antifaz andaba siempre en pos del malvado Alí Kan. En el pecho una cruz, en el de Alí, la media luna. Pero un día se me aparecieron los Kir, tres musulmanes tan grandes y derechos como Adel. En especial Osmín, que era el mayor, en años y en hechuras. Bravos, fieros,… nobles caballeros, caballeros del Islam. Caballeros todos de mis ocho años, moros y cristianos, servidores todos de la misma causa, la que luego me predicaría Unamuno atormentado. Y a Rousseau que le lean en Francia.

Moraleja. No hay tres sin cuatro. Me falta la cuarta emoción, la que ha de llegar el día que Adel Najjar, imán de Badajoz por la gracia de Dios, se venga conmigo a los toros de Olivenza. Dicho queda.

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